Crónicas

UN HIELO EN EL INFIERNO

Los pack de botellas de agua venían saltando de brazo en brazo desde el portón de la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata. Parecía una danza coordinada a la perfección. De fondo, una canción militante se transformaba en motor para aguantar un rato más. Mis manos estaban rosadas y me dolían las articulaciones. Caí en la cuenta de que hacia cuarenta y cinco minutos que estaba parada haciendo pasamano. Se iban los compañeros de Lomas de Zamora, pero al instante llegaban los de Mar Del Plata y los reemplazaban. Me corrí de la hilera y saqué una naranja verde que tenia en el bolsillo del impermeable. Tenía olor a tierra, pero la disfruté como quien disfruta un menú grandioso en un fino restaurant. Ese era mi almuerzo, esa era mi cotidianeidad y la de muchos jóvenes tres días después del temporal.

—Sí, es por acá—me indicó un compañero que acomodaba los artículos de limpieza. No me alcanzaban los ojos para ver la cantidad de gente que iba y venia por el hall. Afuera, la tragedia ardía. Adentro, la solidaridad se organizaba.

Estaba buscando lavandina para completar un pedido que había llegado desde el arroyo “El gato”. Un compañero petiso, con la voz ronca y aires desesperados me interrumpió:

—Necesitamos gente de La Plata para que guíe a los camiones, ¿Querés ir?—clavó su mirada y me tomó del hombro.

—Bueno—dije dubitativa— aguantá que termino con esto y voy para afuera.

Los camiones entraban y salían del patio trasero de la Facultad. Carga y descarga se hacían en a penas minutos. Estacionaban, alguien con decenas de papeles en la mano tiraba las directivas de lo que había que subir. En segundos se formaba una hilera humana para comenzar a cargar: alimentos, colchones, agua, frazadas, ropa. Dos o tres militantes arriba y zarpaban a destino. No había lugar ni tiempo para las dudas. Llegó el próximo camión, dejé el bolso sobre una silla y me subí.

El 5 de abril de 2013 fue la primera vez que vi al ejército en la calle. La imagen de los celulares me remontó a la decena de documentales que había visto; de historias que había leído y escuchado. El genocidio indígena, la resistencia peronista, las dictaduras, Malvinas. La historia argentina cabía en las manos de un ejército que había perseguido y matado a sus compatriotas. Pero ahí estaban. Sin armas y sin violencia. ¿Sería posible?

A mi lado viajaban dos soldados del ejército y frente a mí se sentó un compañero que había llegado desde Florencio Varela. El uniforme camuflado que llevaban estaba gastado, con algunas roturas, como si decenas de personas lo hubieran usado antes que ellos. Las caras rígidas y sin gesticulaciones como si una fuerza interna los autocontrolara. Uno debía tener mi edad, pero el otro no llegaba a los 19 años. De tez oscura, llevaba un anillo de plata en su mano izquierda y un celular al cual miraba incansablemente. Le sonreí pero no recibí respuesta.

— ¿Hace mucho que están en La Plata? —pregunté con ánimos de mostrarme interesada

—Llegamos ayer —dijo el más chico— nos vamos a quedar toda esta semana.

Transmitían cierta paz y timidez cuando hablaban entre ellos. Sacaron el termo y se abrió una ronda de mates. El frío apenas se filtraba por la lona, pero un mate bien caliente significaba una breve caricia. De repente, el camión se internó entre las calles aledañas al Parque Castelli. Un escenario de pos guerra se abrió ante nuestros ojos. Una ciudad que seguía siendo tierra de nadie. Los niños transeúntes miraban atónitos a los soldados que con sonrisas en los labios los saludaban. También era la primera vez que los veían.

—Yo no tenia idea de lo que estaban haciendo acá. La verdad que los felicito— dijo el soldado mientras le sacaba el polvo a la yerba. Me sonrío. Se llamaba Sergio, vivía en Moreno y era el único de cuatro hermanos que tenía trabajo fijo.

—Pasa que se hablan muchas cosas, pero está bueno que estén acá y vean con sus ojos lo que estamos haciendo. Lo que todos estamos haciendo—dije con un convencimiento que hasta a mi me sorprendió. Me sentía lejana a ellos, pero cerca a la vez.

Mientras nos aproximábamos a destino la gente comenzó a asomarse a la calle. Los rostros en silencio. La calma y el dolor se bifurcaban en el aire. Los colchones fue lo primero que descargamos. Sergio me tendió la mano para bajar y se quedó al lado mío mientras hacíamos el pasamano.

—Lo que pasa es que a nosotros nos vinculan con la dictadura, y todo eso. Yo no tengo nada que ver, yo nunca haría algo así. No se me ocurre matar a un compatriota.

Pensé que sí, que era posible. Que torcer la historia depende de las personas que la hagan, que le pongan el cuerpo, que la escriban. Y por momentos sentí que estábamos escribiendo un párrafo.

Terminamos de bajar el pedido y retornamos a la facultad. La gente por la calle nos despedía como quien se reúne a despedir un familiar. Las gracias se hicieron infinitas y rondaba la sensación que lo que habíamos llevado era poco. Nada alcanzaba. En el viaje de vuelta noté que la rigidez de Sergio se había ablandado, como desvanecido. Me contó de sus hermanos, de la novia que lo esperaba. Yo le hablé de mi vida en La Plata, de la facultad y la militancia. Me manifestó las ganas de poder estudiar una carrera universitaria, pero antes tenía que terminar la secundaria.

—Bueno, sabes que existe el Plan Fines, que es un plan de terminalidad de la secundaria —ahora era yo la que cebaba mate.

—No, ni idea. Igual a mi se me complica con los horarios. Aparte no se como se hace.

—No,no— dije insistente—fijate que es un programa que está pensado para gente que trabaja, para gente como vos que no tuvo la oportunidad.

Se generó un silencio que duró segundos. El otro soldado me miró fijo, como desconfiado. Saqué un papel que tenia en el bolsillo y con el lápiz que me prestó mi compañero escribí “googlear Plan Fines”. Terminé de escribir la última letra y reflexioné al instante lo que estaba haciendo. ¿En medio de la tragedia proyectaba futuro? Sí, en medio de la tragedia proyectábamos un futuro. Le dí el papel y me paré para bajarme.

Mi compañero y yo saltamos del camión.

—Me voy a anotar— gritó Sergio—vuelvo y es lo primero que hago.

Nunca supe que pasó con Sergio. Esa tarde, bajo el manto gris de dolor que habitaba en La Plata, el infierno se hizo hielo. Y fue en ese instante, en el trayecto de un segundo en donde todo puede ser igual o empezar a ser distinto, que me convencí de algo.

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Crónicas

Hay vida en Cachi

Caminar en cerros a 2000 metros sobre el nivel del mar, degustar un vino mientras los ojos recorren hileras de viñedos y el Museo de James Turrel. Ripio, mates y un cielo azul sin rastros de copos blancos: ese fue el paisaje con el que nos recibió la provincia de Salta, al noroeste argentino, en la esplendorosidad de los Valles Calchaquíes. Ese era el itinerario hasta que llegamos a Cachi, un pueblo a 2800 metros de altura, rodeado de valles y naturaleza seca, ubicado a 157 km de la capital salteña. Un pueblo donde el turismo hace pie pero que aún conserva su autenticidad en los comercios locales, las comidas típicas y la cercanía con los lugareños al entablar una charla.

No sabíamos bien donde quedaba la cabaña, solo teníamos un dato: Alto Fuerte. Nos recibió Marina, una mujer de tez morena, anteojos y una dentadura postiza que dejaba ver cada vez que sonreía, algo que hacía con ocurrencia. Es la dueña del único almacén del barrio Alto Fuerte al cual llegó en el año 2010 con su familia. Nos mostró la cabaña y quedamos encantados. La ventana nos mostraba un paisaje memorioso: la silueta de los valles proyectándose en la inmensidad, y más al fondo, el Nevado de Cachi con la cima de sus montañas cubiertas de blanco.

-¿Qué podemos hacer?-preguntamos en modo turístico.

-Pueden caminar hasta la cruz o ir al ovnipuerto

-¿Ovnipuerto?-respondimos curiosos

Marina fue la primera de las vecinas del barrio Alto Fuerte que nos contó sobre Werner Jaisli, un suizo que llegó a Cachi en el año 2008 y construyó con piedras blancas un ovnipuerto ó -para los más escépticos- un dibujo de 48 metros de diámetro en forma de estrella que se puede ver desde las alturas.

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El ovinipuerto,a 4 kilómetros del centro de Cachi

 

Una noche del año 2008 Werner y un amigo estaban en su casa y una luz en el cielo llamo su atención. Salieron para ver de qué se trataba y, según el relato de las vecinas, se produjo un contacto telepático con un plato volador que le dio la orden de construir un ovnipuerto. A partir de ahí, el viejo suizo dedicó sus días a juntar piedra por piedra y realizar una estrella de 36 puntas y, fue tal la novedad en el barrio y en el pueblo, que terminó convirtiéndose en un destino turístico.

“Era un viejo raro, de los primeros que llegó a Alto Fuerte, siempre andaba vestido de negro”, cuenta Amalia mientras mete en un balde azul repleto de agua una remera negra. Está sentada afuera de su casa junto con sus hijos. Levanta la mirada y señala unos palos quemados clavados en la tierra a 30 mts de distancia.”Eso es lo que quedó de la casa”.

…………………..

Al lado de la cabaña vive Anita, jubilada, trabajó toda la vida limpiando el hall y los pasillos del banco Macro de Cachi. Habla de Werner con emoción, como si fuera la sensación del momento o una celebridad. También de la creencia de que en algunas noches de Mayo se ven luces en el cielo. “El año pasado yo volvía a Cachi en colectivo. De repente el colectivero nos dijo que apaguemos los celulares y nos calláramos. Frenó en el medio del Valle y vimos en el cielo luces que se movían. Estuvimos unos 5 minutos mirándolo. El resto del camino lo hicimos en silencio”.

 

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La casa de Werner Jaisli (o lo que quedó de ella)

 

Luego de trabajar de 22 años en un local de comidas en el barrio de Once, Capital Federal, María decidió volver a su pueblo natal, Cachi, para acompañar a sus padres. Vive al lado del ovnipuerto en una pequeña casa de adobe y a unos pocos metros de lo que quedó de la casa de Werner. “La gente viene todo el tiempo, de acá y de afuera. Yo les cuento que a veces se ven luces, pero no sé de donde vienen”, cuenta mientras se sube el cierre de la campera. Atrás, escondida y tímida, está Johana, su hija, que mira de reojo y asienta con la cabeza el relato de su madre. “Fue raro todo. Un día repentinamente desapareció”

“Me pagó lo que me debía una noche de viento sonda. A los cinco días no lo vimos más”, dice Marina. En el año 2014 ya no se vio  caminar por las calles polvorientas de Alto Fuerte al extranjero que había llamado la atención de propios y ajenos.

Ante la repentina ausencia, comenzaron a circular múltiples interpretaciones sobre su posible destino. Algunos afirman que está en Sucre, Bolivia, a donde viajó para cobrar su jubilación y donde realizó una estrella muy similar a la de Cachi. Otros afirman que viajó a Buenos Aires y falleció hace muy poco tiempo en esa ciudad. Los más creyentes de la existencia de ovnis resaltan con ávidos ojos la palabra “desaparecer”. Su casa, una especie de cueva enterrada bajo tierra, fue abandonada con sus pertenencias las cuales fueron desapareciendo con las visitas de turistas que se acercaban a curiosear y llevarse algún souvenir del viejo suizo. “Tenía libros, una cama y una pequeña garrafita. Muy arreglada. Pero después de que desapareció la gente se empezó a llevar las cosas”, cuenta María con voz de desazón y mordiéndose los labios.

Mito popular o realidad es la antinomia al escuchar los relatos de las vecinas que en cada conversación rememoran un pedazo de la historia de Werner. Cachi tiene uno de los cielos menos contaminados de la Argentina, tal vez por eso uno atisbe a querer descubrir cosas en lo alto, o simplemente a imaginarlas.

Será creer o reventar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Crónicas

La utopía de Spectre

La primera vez que vi “El Gran Pez” me generó una sensación extraña. Como si alguien en el mundo estuviera cambiando las cosas de lugar.

Mientras el micro-mundo de Burton se proyectaba antes mis ojos, había intervalos en los que mi mente viajaba, se apartaba de la imagen y se retrotraía a un cuento de Edgard Alan Poe. Esos cuentos en donde siempre me costó distinguir la línea que divide lo real de lo imaginario. No fue hasta la segunda o tercera vez que la vi cuando mi atención se posó íntegramente en la construcción del pueblo de Spectre, ese pueblo que encuentra tras deambular por el pantano en busca de un “atajo”. Las aventuras de Edward Bloom transportaban a un lugar onírico, de otro mundo que no era este. ¿Podía ser Spectre un lugar real? Teniendo en cuenta los espacios semiotizados ;las grandes urbes de un sistema desigual que nos sujetan y que amoldan nuestra subjetividad:¿Puede acaso existir una ciudad ideal donde todos sean felices?

Así y todo, tanta perfección y exagerada amabilidad generan rechazo en Edward que se presenta como un pez “difícil de cazar” y para el cual los obstáculos, los conflictos, son condición para proyectar su vida dentro de este mundo.

Reposada sobre mi sillón mientras el aire frío revoloteaba mis pelos, pesqué en la biblioteca la gran obra de Tomás Moro “Utopía”. El libro relata “el mejor estado de una república” donde expone la creación de un gobierno político que promulgue las buenas leyes, la buena moral y la construcción de una sociedad perfecta. “¿Qué hacéis sino crear ladrones y luego castigarlos?”,pregunta retórica y crítica sobre la sociedad que abría paso al capitalismo.

El gran pez

Allí estaba la Isla de Utopía, no se sabe bien en dónde, como Spectre, pero yacía en este mundo (o al menos eso parecía). Las rocas eran obstáculo para quienes se atrevieran a llegar a Utopía. ¿Quiénes llegaban? (reproduciendo las lógicas darwinistas solo unos pocos serían los privilegiados).En el relato de Burton los zapatos se cuelgan de un cable a metros del piso para evitar que nadie se vaya. ¿Por qué irse si es todo tan perfecto?

Gente amigable, fiestas, buena comida. El confort y el bienestar conforman la utopía para cualquier persona de estas latitudes. Cualquier persona menos Edward Bloom “¿Alguna vez pensaste que tal vez tú no eres demasiado grande… sino que tal vez este pueblo es demasiado pequeño?”. Tal vez no estamos hechos para un universo perfecto. Sobre todo, porque ni Moro ni Burton explican cómo es que  llegamos a construir sociedades tan perfectas.

Estamos hechos del ADN de Edward. Conflictos y disputas, enfrentamientos y disparidades. Y es ese conflicto el que posibilita dirimir las diferencias en un mundo desigual por donde se lo mire. Edward es la personificación no solo del conflicto, sino también del egocentrismo- que luego se convierte en memoria colectiva- y la  auto superación. Edward es la certeza de que todos tenemos una mosca en la sopa, una araña en la leche.

Ni chocarnos con rocas ni colgar los zapatos: caminar. Caminar con la utopía de sabernos mejores, de tirar de la cuerda para el lado de los débiles -los que no pueden cruzar las rocas ni colgar los zapatos-, de volver al lugar donde alguna vez fuimos. De quedarnos sosteniéndola cuando el agua no corre a nuestro favor. Y volver, como hizo Edward, a buscar lo que alguna vez fue bueno aunque sea por un rato.

 

 

Crónicas

Un día sin mandato

Creíste que no había otra forma de pensarte. Pero la hay.

Sos biológicamente hombre. Ahora te tocás la cara, la refregás lentamente en el despertar de la mañana. Haces gestos suaves con las manos mientras te acaricias el cuello. Sentís la yema de tus dedos sobre la piel áspera. Te ponés crema para el rostro y con suavidad la esparcís dejando que se absorba poco a poco. Los dedos rozan la ceja lentamente mientras te observas en el espejo, ¿te ves?: hay una parte de vos que espera por salir.

Esa mañana haces el café y no deseas que hubiese una mujer en tu cocina. Estás solo y te gusta. Disfrutás de tu propia compañía. Ya fue lo que diga tu vieja y la familia feliz que formó hace poco tu hermano. Bien por ellos. Pensás en ponerte esa remera violeta escote en V que tanto te gusta pero que muchos te la tildaron de “polémica”. La usás, te gustás, esta vez te cruzás el morral sin intentos de hacerte el periodista serio colgándotelo en un hombro, y salís a que el sol te embarre el rostro. Al rato te cruzás con un amigo del barrio y lo abrazas, le das un beso prolongado. Lo mirás fijamente a los ojos y le decís que lo querés. Subís al micro y amagás dejar pasar primero a una mujer, pero ella te deja que subas vos. No insistís y subís primero. En el trabajo a tu compañera la ascienden.La felicitás, bien por ella y su logros merecidos, bien por ella que ahora va a ganar un sueldo igual al tuyo haciendo un trabajo mucho más arduo y complejo. Esa tarde decidís no subirte a los chistes de la oficina, no te prendes en joder a la piba nueva y al “seguro que tu novio está con otra por eso no te contesta”. Al comentario descalificador, al chiste pajero de ver cuán corta trajo la pollera la chica del box 6.

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Caminás y ves a las chicas de tacos altos en la esquina, sus polleras ajustadas de cuero barato, el escote prominente de sus blusas de gasa que dejan entrever los pezones duros del frío. Tus ojos se re-posicionan al ver sus pieles de pollo tiritando en el naranja del atardecer que acecha. Hora de volver a casa. No está bueno. Y lo entendés.

En tu grupo de amigos está lleno de mujeres y no pensás que son menos inteligentes solo porque tienen concha. Hablas relajado, no impostas las respuestas intentando ver si esta vez tenes chance con Tamara, son amigos hace 10 años y nunca te dio bola. Terminan de comer y levantas los platos, ofreces a lavar,y mientras lo haces, desde la cocina escuchas que hablan de la nueva película de Ryan Gosling y ni dudas en reconocer que es un bombón. Si un amigo te hace una broma sexual te prendes y te cagas de risa, eso no pone en duda tu virilidad.

Llega la noche y estás en la cama con la chica que te gusta. Esta vez no tenes la obligación de que se te pare la pija. No hay ningún mandato que te diga que sos hombre solo porque la penetrás. Te relajás. Esta vez no pudiste y dormís abrazado a la persona que tenes al lado.

 Creíste que no había otra forma de pensarte. Pero la hay.

Críticas

    El miedo a ser uno mismo

En el documental apócrifo “Zelig”, Woody Allen  pone en discusión la identidad  y la identificación social en el contexto de entre guerras.Una historia camaleónica que invita a reflexionar sobre dilemas e interrogantes actuales.  

Hay historias que gratifican que un cineasta se moleste en inventarlas, más aun cuando la narrativa interpela para pensarse y repensarse como habitantes del mundo en una era digitalizada y efímera, donde todo parece escurrirse entre los dedos. Dónde lo que hoy vemos mañana no sabemos con certeza si estará. Dónde lo que creemos y adoramos, tal vez mañana decidamos odiarlo. Esa reflexión se instala a partir de la vida de Leonard Zelig, el hombre camaleónico creado y personificado por Woddy Allen. Surge la duda de si lo que vemos forma parte de la realidad, ya que el director norteamericano logra a la perfección la idea de documental a partir de los recursos técnicos que utiliza rompiendo así con todos los paramentos de sus obras anteriores.

Lentamente, Allen va desatando la historia de un hombre que carece de personalidad propia y, ante la necesidad de sentirse incluido y seguro, adopta las personalidades de las personas que lo rodean. Zelig es el hombre que todo lo puede, el de las mil personalidades; para los capitalistas, un usurero de la fuerza de trabajo. Será un obrero, mañana será doctor y pasado un trompetista.Zelig3Ambientada en la década del 20: años de jazz, licor y una prensa amarillista que tiende a tergiversar la realidad con el objetivo de aumentar sus ganancias (cualquier similitud con la realidad no es pura coincidencia),se desarrolla una historia que se cruza con aspectos biográficos de Allen: el amor al jazz, el judaísmo y el barrio de Manhattan como escenario para desarrollar la historia.

Aparece la crítica y el humor hacia un mundo mediático que martiriza a Zelig generando exaltación y expectativa, pero que luego lo denosta ante el primer fallido del nuevo “héroe”. La emoción ante lo nuevo, hacia lo distinto genera revuelo en la sociedad. El mundo mira al personaje pero solo una mujer mira a la persona detrás, al verdadero Zelig que se camufla sin querer ser visto.

El consumo y la industria cultural no escapan a los ojos de Allen para incluirlo en la historia haciendo valer el contexto histórico dónde sitúa a la obra. Es por ello que el fenómeno Zelig, identificado como “el hombre camaleónico” por la prensa, comienza a llegar a los lugares más recónditos, convirtiéndose en un producto de moda y objeto de consumo a través de distintos productos culturales. Es el acomodo del capitalismo que despegará luego de la segunda guerra, es el ojo de Allen mirando a una sociedad que comenzaba a ser acaparada por un sistema de falsas necesidades y sueños impuestos.

El desarrollo de la historia se convierte en un círculo extenso en dónde Zelig se pierde en sus personalidades mientras que intenta buscar una cura a su enfermedad. Allen enreda la historia para luego volver a aplanarla y desentrañar el meollo de la cuestión. Vemos al verdadero Zelig que comienza a salir de ese caparazón que parece protegerlo del resto. Y lo entendemos. No es más ni menos que el temor que suele atormentarnos de vez en cuando en los momentos que dudamos de nosotros mismos. La inevitable necesidad de sentirse seguros y cómodos ocupando el lugar que ocupemos.

Shakespeare decía que somos actores de nosotros mismos,somos versiones de nosotros en diferentes momentos y situaciones. Y en esos roles, buscamos esa identificación con un otro que nos alivie el pesar de la existencia, y de igual modo, casi inevitable, asoma el temor circundante que alguien nos vea en profundidad y no le agrade lo que vea. Pero si así no fuera, caeríamos en el conformismo y en la re productividad esquemática evitando mostrar lo que somos, ocultando lo que nos hace ser iguales: ser diferentes.

Crónicas

El vestigio neoliberal

Yo ojeo las revistas para chicas, tipo Ohlala o Cosmopolitan, que te tiran esos test pedorros para que encuentres a tu hombre y alcances “la felicidad”. Esas revistas pensadas para treintañeras solteras de clase media alta que tienen terribles trabajos y el único sueño de su vida es armar la familia dentro de los parámetros que impone la sociedad patriarcal y meritocrática. Tenés esas, alguna Nathional Geographic de hace mil años, o la Hola Argentina con la foto de Dolores Barreiro en la tapa que desde que hizo esa publicidad diciendo que comerse un yogurt tiene la misma validez simbólica que coger, se me fue una idola. Yo veo esos chongos-futuros posibles maridos para estas ladys- con sus cuerpos trabados, sus dientes de marfil y penes super erectos ajustados en bóxers que sabés que jamás vas a tocar y mamá!, así que ¿esto es lo que debería esperar del mundo?,¿esto debo esperar del amor?.

Ese yo se enoja, piensa en las veces que de chiquita compraba la revista “Chicas” para seguir la vida de lo que hacían las actrices de Chiquititas o Verano del 98;esa pre adolescente que quería ser sporty space, que quería vestirse como las chicas de las fotos para gustarle a esos chongos mientras a la vieja le llegaba un cheque de 20 pesos de parte de-me toco una teta-Domingo Cavallo. Y los elefantitos pasaban. Y la piba ojeaba las revistas.

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En esta revis sostenemos los parámetros de femeneidad capitalista para reproducir el sistema machista y explotador,Oh yeah.

Cuando comencé a atravesar la adolescencia, fue casi inevitable no andar  con morral, remera del Ché y hasta asomando un incipiente corte stone. Volví a ser clase media acomodada y los estereotipos me amoldaron de un modo atroz, pero yo seguía pensando que era una especie de “mujer nueva”, que había desnaturalizado todo ese mundo impuesto (el de las revistas y el de hippie con osde). Ilusa. No vi venir ya joven adulta a punto de recibirse, ese zacate repentino, si si, caí con moño rojo en la cabeza más brillante que el cartel de Coca Cola que está en la 9 de julio. ¿Será real?, pará, ¿es en serio? Todo lo que alguna vez imaginé tocar, desear, gozar, gracias a esas revistitas y su brillo incandescente lo tenía en la palma de la mano. Ahí estaba, salido de algún remoto lugar, desconocido en este mundo dónde la belleza se debe fabricar, donde debes emitir un pedido para que salga una especie de chongo más perfecto que Brad Pitt, Ryan Gosling y Bradley Cooper, una orden de compra perfecta que ni loca cambiarías. No podía dejarlo pasar, la yo sentada esperando a la dentista y leyendo la sección “cómo seducir a tu chico después de un día largo de trabajo” me gritaba desde adentro “pará, Vanesa, controlate”. Adiós a la vocecita y metí clavado de dos metros. Voy a hacer justicia, loco, voy a reivindicar a las que colocamos en el estante de trofeos haber chapado con un morocho de ojos verdes una sola vez en la vida, a las que nunca nos dieron cabida, a las que cuando hablábamos de política nos miraban con cara rara y seguían de largo. Ya fue todo. Esta es la mía.

Se imponía como la belleza de una columna griega, rasgos simétricos que contorneaban un rostro profundo y envolvente; piel de terciopelo que me provocaba aplastarle la mejilla y no salir nunca más de ahí, elegancia y pasos suaves que me paralizaban cuando se deslizaba tenuemente por el pasillo. Las manos en los bolsillos, la cabeza inclinada y su nombre. Nunca desee tanto alguien. “Carne de primera calidad”, me tira una amiga. Caminaba y su olor. El de su cuello, su pecho y su estómago. Su olor incluso cuando el perfume era otro. Volviéndome ciega con el manto de su brillo, de sus ojos color miel que invadían hasta sofocar. Lo logré, sí, besos húmedos por la boca y el cuello, algo un poco exagerado, pero decidí dejarme llevar por el momento, el momento de la reivindicación. Estábamos en su habitación y de repente me tira sobre la cama con una fuerza que me llamó la atención, bancá, esto no es una película, vos no sos Michael Douglas y yo no soy Glen Cloose y esto no es Atracción Fatal. Pero yo estaba ahí, con mi mano en su pecho, rozándole la piel pálida, chorreando mi lengua por su cuerpo todo.

-¿Nos cuidamos?, me pregunta con una vocecita tímida

A éste que le pasa, obvio, salame, estamos en el siglo XXI, ¿acaso es una pregunta válida?. No importa. Vamos que este es tu momento, forro y a los bifes, no dejes que se corte. En eso se pone atrás mío, el momento estaba por consumarse. Vamos las pibas que la justicia llega algún día, no olvidar, siempre resistir! Me agarra del pelo –ouch- y mientras comenzaba a gozar del momento levanto la mirada y me encuentro con la mosca en la sopa: se miraba en el espejo. No un relojeo, un tímido escaneo sobre el vidrio, no no, todo el tiempo sus ojos-y su cabeza- admirándose con pose gladiadora en el espejo que tenía sobre la cama. Claro, ahora entiendo todo. Entonces revoloteando los ojos pensé: esto es lo más ridículo del universo, esto no me excita, a quien le puede gustar esta secuencia. El admiraba su pecho, se mordía los labios, actuaba- más para él que para mí, claro- se llevaba una mano a la cabeza como si estuviera en una película porno. Intenté cambiar de posición para evitar que se mirara al espejo, no quería, el tipo tenía que mirarse, tenía que amarse y reivindicar su ego. Me dieron ganas de parar y decirle, che, nabo, para esto no inventaron el amor eh, lo inventaron para compartir, para encontrarse, para pegarle una patada a la soledad, pero la única patada que estoy recibiendo es de parte tuya que te mirás en el espejo como un idiota. Pero no, lejos de hacer eso paré y rápidamente me metí en el baño. Mordí los labios, sin actuar, y me dieron ganas de que en ese momento alguien hubiesa inventado la tele transportación y mandarme para mi casa. Tendría que haber escuchado a la vocecita, a la yo reflexiva de la sala de espera que se sigue indignando cada vez que ve esas sonrisas blancas.

-Te llamo un taxi que llueve, me dijo algo sorprendido. Dejá, me voy caminando- para huir de esta secuencia, claro, y además para que se me baje la calentura-. Con el rostro goteando reflexioné en lo que realmente vale. Disculpen, compañeras de sentimiento, fue solo un desliz, entiendan que hay vestigios neoliberales que aún no puedo derribar.

 

Crónicas

 Todos queremos ser charco

El amor, dice el guionista Alan Ball, no es algo que sentís, sino algo que hacés. “Siento amor por vos”,”siento que te amo” son frases recurrentes, pero a ese sentimiento hay que llevarlo a la acción, a lo pragmático y concreto. Además, el muy idóneo de Ball, nos tira un consejo para no perder de vista: si la persona con la que estás no ve lo que hacés por ella, hacete un favor y guardártelo para alguien más. Si la persona con la que estoy no ve lo que hago por ella, entonces ¿ahí hay amor?.Creo que me hubiese ahorrado un par lágrimas de haber sabido esto antes.

Cada persona tiene su estilo de amar, su modus operandi, su manera de construir esa o esas formas de hacer amor y no solo de sentirlo. Es como el significado de estilo para Steimberg: el amor es un modo de hacer. ¿De hacer qué? , bueno, de hacer y construir el amor precisamente, que nadie se molesta en explicarnos bien de qué se trata. El amor sería como ese estilo que pujamos por construir en busca de suplir la separatidad, para Eric Fromm. Pero al igual que la felicidad, el amor es pura construcción y paciencia para que la otra persona sienta que eso que haces es amar y no otra cosa.

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Nos crían, forman, construyen de un modo en el cual creemos saber cuándo se avecina el amor, de qué forma lo deberíamos esperar y de qué modo se nos presentaría ante los ojos. Permitite que la vida te sorprenda y desestructure porque son múltiples las veces que el amor aparece de forma inesperada, sin previo aviso y de una manera cuasi insólita. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos.

El amor para mí es la entrega absoluta. Son los gestos, las acciones las que marcan el sentimiento que se genera en uno y en la otra persona. Es compañía, es libertad compartida, es bancarse. Creo que esas cosas se vislumbran en  momentos, hechos que duran segundos y que una fuerza universal nos alarga por la increíble satisfacción que nos proporciona. Y nos zambullimos en esa incesante búsqueda, día tras día, aunque nos demos miles de veces contra la pared, persistimos, seguimos en la búsqueda de esos momentos.

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Pocas veces sentí realmente amor por alguien, creo que recién ahora lo vislumbro con un poco más de certeza, me costó y cuesta mucho construirlo, y por lo tanto, poder escribir sobre eso. No soy como esa gente que escribe de lo que nunca le pasó, no tendría esa capacidad, soy de la línea de la no-ficción. Creo que siempre hay una porción autobiográfica en la escritura, en ella habitan nuestras marcas. Así que escribir sobre el amor me resulta tan complejo como escribir sobre un viaje al espacio. No tengo mucha imaginación. Por eso puedo decir que las veces que creí sentir amor fueron veces que lo confundí con la obsesión, la invasión hacia el otro, los celos. Eso no es amor. Esas son nuestras miserias depositadas en la otra persona. No hay que depositar, no hay que cargar. Hay que compartir y acompañar.

Es el tiempo que se detiene cuando Edward Bloom ve a su futura esposa en el circo.

Son las palabras inalcanzables para el espectador que Bill Murray le susurra a Scarlet Johansson en medio del tráfico en Tokio. Es la mirada atónita de él cuando ella canta con una peluca rosa.

Es eso que Anna Scott creo que siente segundos antes de entrar a la librería con el cuadro de Chagall.

Son los millares de segundos que se prolongan en el infinito entre los diálogos  de la muerte y su enamorada en ¿Conoces a Joe Black?.

Es el compañerismo incondicional de los amantes vampiros en la película de Jarmusch.

Son las miradas constantemente en búsqueda entre Meryl Streep y Clean Eastwood sobre algún puente de Madison.

Es Clementine y Joel borrándose la memoria una y otra vez.

Es Amelie convirtiéndose en charco

Es Forest diciéndole a Jenny que él sabe bien lo que es el amor.

 

 

Poemas (o lo que se le parezca)

Sin dudar

Nos gusta la orilla porque ella nos recuerda a la vida misma. Larga, ancha, impredecible en sus dimensiones cuando el mar apabulla y todo lo tapa. En ella reposamos los pies buscando perdernos en el infinito horizonte.

11041187_10205794615561253_1157100874335181996_n                                                                                                                              Foto: Magalí Iturmendi

Apagamos el mundo un segundo-o una eternidad-sobre la arena húmeda contando los pasos que faltan para llegar a él. A las olas les ponemos alas imaginando la libertad en sus movimientos -queremos ser ellas -que  como brazos desnudos se revuelven en el  mar gustosas de la sal, pero también de la certeza de saberse infinitas.

Crónicas

       Desde el mar y las diagonales

Llegar a la capital. La city del pro. El tráfico y la people supertruper. El ruido y los freaks maleducados que te golpean en la calle y ni a palos se voltean para rescatarse,¿qué onda loco, por qué no piden perdón?.El mundo te parece un poco más feo y más expulsivo cuando llegas a la ciudad capital. Sentís que nadie percibe tu llegada ya que ahora pasas a ser el numero 3 millones quichicientos mil y difícilmente encontrarás un hospital que te atienda sin tener mínimo dos horas de espera.

Para llegar a cualquier lado tenes media hora de viaje siendo generosa. Posta, las distancias son muy lejanas y ni te cuento si hay tráfico. El otro día tardé treinta minutos para hacer veinte cuadras en colectivo. Yo me quejaba cuando tenía veinte de bici desde 1 y 60 hasta 15 y 66. LA paja. Ahora todo se alarga y se ensancha. Eso era el paradise. Cruzar la 9 de julio en menos de dos minutos es una odisea y ni pienses no hacer cola en la parada del metrobus (mucho menos colarte). Hacen cola para TODO. El otro día me fui a subir y una piba me mandó a la cola. No entendí, si el colectivo estaba vacío ¿por qué tal desesperación?, ni que me haya hecho la dormida para no ceder el asiento.

He visto cosas raras que me hacen sentir una joven padawan, una novata pueblerina. Como un taxi prenderse fuego y la gente sacándole fotos tipo show callejero. La policía que rodeaba la escena pero los bomberos jamás aparecieron hasta que el taxi llegó a ser cenizas de fénix. Un flaco que caminaba como pancho por su casa por Av. Corrientes con una campera que tenía dos esvásticas bordadas. Cara de reventado, cara de no me mires porque sos jabón.

bairesEn la capital las contradicciones del capitalismo se perciben a flor de piel. En tu fucking face. Una mujer esbelta, elegante y con cara de rivotril se baja de un BMW mientras un cartonero revuelve un conteiner a pasitos. La desigualdad se respira en cada esquina. El otro día salía de la facultad y vi a un nene de 10 años comiendo de la basura. Acá están los cartoneros, los zombis del paco, los talleres clandestinos de ropa(los de Awada y otros también). Los ves, los oles, te duelen, conforman la fisionomía de la ciudad. Esa que el PRO quiere que mandes por fotos de WhatsApp para “retratar a Buenos Aires entre todos”. Primero, como si eso fuese una política pública. Segundo, ¿quiénes somos “todos” para el PRO?.Y tercero, para qué carajo quiero que hagan un video si eso no va a hacer ni que baje la luz, el gas, el bondi ni que consigas un trabajo digno. Cualquiera. La ciudad está partida. Como la grieta, sí sí, en todos lados está la grieta: la desigualdad.

Las calles florecidas, los negocios de marcas chetas, las mesitas de colores en la veredas iluminadas por una hilera de foquitos de luces cálidas, son la moneda corriente de Palermo y esos lares donde tomar una pinta te sale 90 pesos sin contar la inflación de Mayo. Todos se visten demasiado bien, cómo que decís aguantá, es domingo. Hace poco fui a una hamburguesería y dije ¿qué onda, así se visten un domingo? Me sentí la persona más crota del universo con mi jean estirado de Gandhi y mi buzo rayado de Flores del año 2013. Me la imaginé a Caro Pardiaco pololeando por las calles mientras espera un latte de Starbucks después de su viaje por José Ignacio. Hay como un millón y siempre están atestados de gente. Yo por momentos creo que flashean que viven en Estados Unidos o Europa, posta, están caminando a la vera del Sena, por el London Bridge o las callecitas de Manhattan.

El sur dentro del pensamiento hegemónico sería la otredad, el atraso, lo que está allá abajo. Es increíble cuando pasas el shopping Abasto en dirección al sur cómo las luces comienzan a apagarse, poco tránsito en las calles y las veredas. La ciudad comienza a ocultarse de sí misma y a convertirse en soledad absoluta. Si vas de noche es como si te empezara a rodear y a atrapar. Y ahí ves la parrilla postrada en la esquina con el ritual mientras las chicas de tacos altos esperan que algún auto frene y pague la comida caliente. Los pibes tomando una birra luego del “fulbito”, el viejo paseando al perro, los sin techo durmiendo bajo un alero tapados hasta la nariz con una frazada que algún vecino con culpa de clase le regaló.

Los prejuicios individuales se van rompiendo. La ciudad se acostumbra a uno y uno a la ciudad. Aunque insisto, hasta que llegué acá el único momento donde hice cola en mi vida (y vale la pena) fue para entrar al bendito Antares y al bendito Manolo. Amén. Lo cierto es que ahora ya no me resulta intolerable ir por el micro centro un lunes 17 hs, tardar una hora para llegar a la casa de una amiga o tener que hacer reservas si querés ir a comer o a cualquier evento cultural más o menos popular un sábado a la noche. Descubrí que me gusta mucho leer en el subte siempre y cuando no me esté apoyando algún depravado por atrás, y caer a un cine a las 2 de la mañana a ver una película piola por 30 pesos la verdad tiene su mística.

Acá está todo y también está la nada. Está la contradicción andante. Por eso, cuando la ciudad para, cierro los ojos y solo busco extrañar al mar y las diagonales.